Trabajos basura 'deluxe': ¿Hay algo peor que tener 3 títulos universitarios y ser repartidor de comida?


Hasta hace poco, las empresas preferían no tener empleados sobrecualificados porque se quemaban rápido. Ahora saben cómo aprovecharse de sus ventajas sin que se quejen

A estas alturas, los lectores ya estarán al tanto de la campaña publicitaria disfrazada de oferta de trabajo de una popular franquicia de comida rápida, que se ha viralizado rápidamente explotando el sentimiento más rentable hoy, la indignación. Como no merece la pena darle más alas al asunto, me centraré en uno de los aspectos más significativos de esta falsa polémica: si coló fue, ante todo, porque hemos llegado al punto en el que resulta verosímil que alguien necesite saber de política, literatura o matemáticas para repartir comida a domicilio. Lo hemos leído en las noticias y lo hemos visto en nuestro entorno inmediato. Estamos curados de espanto.

Desde luego, han sabido echar sal en una herida que sigue escociendo a un amplio sector de la sociedad española, el de los licenciados o doctores que sienten pavor de verse en un empleo que no les corresponde. Tiene algo de clasista (¡eso para los pobres!), pero es también una manifestación más de ese sentimiento generacional de haber sido estafados. En nuestra cabeza, pensamos que nuestra inversión (de tiempo, de dinero y de esfuerzo) debería verse reflejada en algo mejor. No hemos pasado años aguantando asignaturas huecas y pagando matrículas desmesuradas para repartir comida basura; no, nosotros nos merecemos algo mejor. Sin embargo, pasamos por alto que el peor chiste del año oculta una realidad aún más oscura. Peor que estar sobrecualificado es no tener carrera y que ni siquiera te contraten en puestos que no la requieren.

La lógica es sencilla: cuantos más trabajadores sobrecualificados haya, más difícil resultará para las personas que no tienen preparación encontrar un empleo al que, de otra manera, habrían accedido fácilmente. Medir la sobrecualificación siempre resulta resbaladizo, pero según los datos de Eurostat, esta asciende hasta un 70,5% en el sector del transporte y el almacenamiento, un 57,4% en construcción, un 48,6% en la industria manufacturera y un 64% en el comercio minorista. En el turismo, el crecimiento es continuo. La sobrecualificación empuja hacia abajo y hace aún más difícil encontrar trabajo si no tienes estudios.

La gran objeción que se ha planteado tradicionalmente es que quién va a contratar a un trabajador con formación para que esté quemado a los dos días, proteste al tercero y se marche al cuarto. Esto hacía que muchas compañías se lo pensasen dos veces antes de darse el capricho de contratar a esta clase de empleados, lo que favorecía a los que no tenían formación, cuya ventaja competitiva era su fidelidad (porque no les quedaba otra). Sin embargo, las empresas parecen estar descubriendo una manera de nadar y guardar la ropa, la gran broma final. ¿Cómo? Haciendo que esos empleos no vocacionales empiecen a ser tan molones como los creativos. Llega la era de los sobrecualificados felices a precio de saldo.

Toma esta chuchería, chaval

El profesor de la Universidad de Oxford Ken Mayhew ha estudiado desde hace décadas de qué manera los empleos 'no cualificados' pueden hacer felices a los trabajadores cualificados a través de pequeños "tuneos". Como explicaba recientemente tras analizar el mercado laboral inglés, hay determinadas profesiones que se están 'actualizando' para acomodar a los universitarios. ¿De qué manera? Básicamente, proporcionándoles más autonomía e influencia, que hacen que el trabajo no sea tan tedioso. Es, como explica Mayhew, una manera tanto de aprovecharse de las habilidades extra que supuestamente tienen los licenciados como una herramienta para contentarles, acercando su labor diaria a lo que harían en un puesto que se correspondiese con su nivel. Una palmadita en la espalda, y todos felices.

Entre los sectores donde se está produciendo esta transformación se encuentra el comercio, el sector servicios o los trabajos relacionados con el Estado de bienestar, muchas veces promoviendo a esos licenciados a jefes de grupo. Lo aseguran las revistas orientadas a directivos: "Hemos descubierto que darles más poder puede funcionar como una tabla salvavidas", señalaba en 'CNBC' el profesor de 'management' de la Universidad de Portland Berrin Erdogan. "Cuando los empleados tienen autonomía y sienten que pueden influir en su entorno, su nivel de abandono se reduce". Otra forma de garantizar su felicidad es que "interactúen y trabajen con otros a su mismo nivel", buen motivo para contratar aún más universitarios. Estos son una perita en dulce porque aprenden más rápido, su formación les ha dado mejores habilidades y son más ambiciosos. No lo digo yo, lo dice 'Entrepreneur'.

Esto tiene consecuencias claras. No solo que el aumento de trabajadores sobrecualificados expulse del mercado a aquellos menos formados, sino también que se cierren las puertas a su posible ascenso. Durante mucho tiempo, aquellos que no habían estudiado tenían la posibilidad de evolucionar en su empresa, con tiempo, esfuerzo y buen hacer; aunque se encontrasen con cierto techo, el margen de mejora más o menos amplio garantizaba su movilidad social. Con la invasión de los universitarios felices, estos serán quienes se beneficien de los ascensos mientras que los no formados se verán obligados a deambular por trabajos basura 'ad nauseam' (o hasta que decidan gastarse dinero en el máster de turno).

Lo he visto entre mis compañeros de generación. Dos amigas, a las que llamaremos Ana y Laura, han trabajado en tiendas de ropa. Ana tiene una licenciatura, Laura un grado superior de Formación Profesional. Ana descubrió que aquel trabajillo de Navidad que había encontrado para sacarse unos duros podía convertirse en una buena carrera si reforzaba sus conocimientos de 'marketing', lo que le ha ayudado a ascender y a cambiar repetidamente de empresa mejorando sus condiciones económicas. Laura, que también fue ascendida por su experiencia, está ahora en el paro. Es muy probable que hayan entrado en juego otros factores en esta situación, pero también es posible que, en otra coyuntura, Ana hubiese encontrado trabajo de lo suyo, correspondiente con su formación, y que su puesto hubiese sido ocupado por una persona como Laura, que habría terminado ascendiendo gracias a su esfuerzo y experiencia. Todo empuja hacia abajo.

Demasiada pasión por lo suyo

Hablamos mucho de cómo el hecho de convertir el propio trabajo en una pasión y un camino de realización personal provoca que se terminen aceptando condiciones de autoexplotación o realizando sacrificios que de otra manera no se habrían aceptado. Sobre lo que quizá no hemos reflexionado tanto —quizá porque estamos demasiado enamorados de nuestros problemas— es que puede ser que, poco a poco, a los empleados en sectores poco gratificantes también se le esté inculcando a la fuerza ese mismo entusiasmo, el mismo que da nombre al ensayo de Remedios Zafra sobre los trabajos culturales.

Si, como afirma la socióloga, flamante Premio Anagrama, "la vocación y el entusiasmo son instrumentalizados hoy por un sistema que favorece la ansiedad, el conflicto y la dependencia en beneficio de la hiperproducción y la velocidad competitivas", es posible que las empresas se estén dando cuenta de que resulta muy rentable que quien te lleva la hamburguesa en moto, quien dobla las prendas en una tienda de ropa o quien te pone las cañas en un chiringuito se sientan tremendamente ilusionados por ello. Muchas dinámicas de motivación empresarial, 'teambuilding' y otros anglicismos 'cool' tienen como objetivo, precisamente, que el trabajador sienta como suya la empresa y vea a sus compañeros como su competencia directa... aunque sospeche que tanto ellos como él pueden estar en la calle al día siguiente.

Es el mismo discurso falsamente optimista de la 'gig economy', que oculta bajo su promesa de libertad condiciones laborales leoninas. En teoría, uno puede decidir sus horarios, seleccionar para quién quiere trabajar y poner sus propios límites, pero en cuanto se imponen las tozudas condiciones materiales, esto suele traducirse en inestabilidad y explotación... autoimpuesta, claro, porque para eso eres tu propio jefe. Tanto en unos casos como en otros, la autonomía laboral es la zanahoria delante de los burros que son —somos— todos aquellos que rebajamos nuestras pretensiones a cambio de una pequeña ventaja respecto a nuestros compañeros no cualificados. A río revuelto, ganancia de empresas, que se dan el lujo de contratar caviar a precio de panga, y de la industria de la formación, cuyos carísimos másteres te permitirán competir por un puesto molón en la hamburguesería más cercana.


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